Virginia Woolf me hizo creer durante toda mi adolescencia que sabía estar sola y bien, pero no era verdad, la tenía a ella. Vaya espejismo de emancipación me había tragado. Cuando Virginia no ha sido suficiente para maquillar la soledad que he sentido, no ha quedado otro remedio que recorrerla.
La soledad no significa no estar rodeada de buenxs amigxs, eso ya lo sabe todo el mundo. En mi caso, tiene que ver con pasar una día maravilloso, lleno de personas interesantes, llegar a una cama vacía y sentir un agujero en el pecho. Como ya me he declarado feminista de mierda, me da mucho margen para aceptar que me he sentido así, que todo lo que he leído sobre la deconstrucción del amor no me ha servido y que sigo construyendo mi propio proceso. Puede resultar bonito una vez he andado un pedacito del camino, pero lo que he sentido durante cinco meses ha sido un verdadero asco y también me apetece reconocerlo como tal.
Las dos frases que más me decían al principio fueron: “Tienes que rehacer tu vida” y “No te sientas sola“. Mis gafas moradas se iluminaban de forma frenética produciendo ataques epilépticos en la gente que las había pronunciado y caían fulminadxs al suelo. No, mentira. Lo que ocurría es que aún sabiendo identificar que tipo de sistema opresor y controlador sostienen estas palabras, hacían mella en mi. El resultado fue que me pasé todo el mes vistiendo raro. Me gusta el drama, hemos mamado tanta mierda que para salir de ella en un momento de bajón hay que darse mucho espacio, tanto como para poder combinar unas chancletas, un chandal y algo que me tapara el pelo.
He pasado por todos los clichés de las rupturas, pero la parte buena es que logré subvertirlos. He comido helado mientras lloraba y veía Nothing Hill, pero cuando acabó estaba tan cabreada que escribí un análisis feminazi de cuatro folios y le declaré odio eterno e incondicional a Hugh Grant. Cosas mías.
Una de las cosas que más me ha ayudado a disfrutar de la soledad es considerarme mi propia amante, al fin y al cabo, soy la persona con la que voy a estar toda mi vida. Mimarme, escribir pequeños poemas y esconderlos entre las hojas de algún libro que esté leyendo, dar paseos y parar a descansar cuando me siento cansada, tener tiempo para repasarme los poros de la cara mientras pongo muecas en el espejo y emborracharme en mi cama vacía para acabar masturbándome con la botella.
Hay cosas, que por muy absurdas que parezcan, si las haces tú sola resultan revolucionarias. Cada una tiene las suyas. No vernos a través de los ojos de lxs demás y depender solo de nosotras es un paseo en contra de la cultura del que merece la pena disfrutar. Porque nos hace libres.
Analizar y nombrar lo que de verdad nos angustia de la soledad facilita mucho las cosas. En mi caso, descubrí que mi miedo a la soledad en realidad era miedo a no sentirme cuidada. Se fue disolviendo cuando fui capaz de cuidarme en los aspectos que antes no lo hacía. Y sí, también di hueco a que me cuidaran algunas personas bonitas. Un día me desperté, y como sí nada comencé a vestir normal. Empecé a reírme de las cosas que toda señora debería hacer: tocar la flauta de forma muy fuerte y sin ningún sentido, sentarme en las escaleras mecánicas del metro, dibujar minicoños en los libros de la FNAC o ser la tía que siempre empieza los aplausos. Es curioso la de posibilidades divertidas que se le exprimen al mundo cuando no sientes compañía.
De las cosas más interesantes que he hecho es preguntarle a todo el mundo por sus desamores y entender que, aún habiendo cosas parecidas, cada una siente de una forma única y ninguna es inmune al dolor; parece algo obvio, pero viene muy bien recordarlo. El camino de deconstruir el amor no viene con manual de instrucciones, sino que cada una se marca las metas, los tiempos y la forma de conseguirlas. La destrucción del amor romántico pasa por amarnos locamente y desmigar los costes que acarrea no disfrutar de esa soledad tan placentera. Permitir los errores, las recaídas, el ser monotema y llorar con hipo en el metro, ¿Qué más da? Si nadie reconoce estas flaquezas en los ámbitos públicos es porque vivimos en una sociedad enferma que no permite expresar las tristezas y esto nos dificulta seriamente saber elaborarlas de forma sana. Ir al trabajo, a la universidad, al mercado o a la okupa aparentando que te sientes bien para no desequilibrar la paz social es absolutamente enfermizo. Si no quieres sonreír, no sonrías.
Todas mis amadas autoras señalan la soledad como un estado necesario para que la mujer logre cierto grado de emancipación y desarrollo de la personalidad. Lo cierto es que tú no eliges cuando sentirte sola, viene y ya está. Hay que estar preparada para vivirla y transformarnos dentro de ella. No sólo nos descubrimos, salimos empoderadas y guerreras.







