Cuidado y protección son dos palabras polisémicas dentro de si mismas. Dos palabras con significados diferentes según el ambiente en el que se encuentran.
En el mundo público, las mujeres somos demandantes de ese cuidado y esa protección, y son los hombres los encargados de salvar esa carencia. Entiéndase mujer y hombre como roles de género estándar y normativos. Las mujeres estamos desvalidas, somos vulnerables y esperamos a que EL hombre no salve, que nos arrope con su chaqueta, que nos sujete la puerta o que nos de la mano para cruzar la calle, que nos abrace en el cine, que nos defienda de alguna grosería, que nos corrijan cuando nos equivocamos… Como he leído esta semana “las mujeres siempre han sido cuestión de hombres”.
Que el mundo público nos coloque en esa posición tan infantilizada y absurda, nos hace partir con desventaja y la lucha por salir de ella no es fácil, pues todos esos comportamientos que se salgan de la feminidad normativa son tachados de machorros. Nos obligan a ser inválidas y salvables de cara a fuera, para reforzar el ego de salvador machirulo y complacer su narcisismo. (¿que esto también es violencia para ellos? vale, ya lo discutiremos.)
No estoy de acuerdo con que esa posición de requerir salvación sea cómoda. No es cómodo ser la idiota de la conversación, ni ser dependiente de otra persona, ni que tengan que decidir por mi; pero la violencia a la que se somete a la que se sale del redil es la que hace que se sigan manteniendo. Un hombre que no cumple con esos patrones es tachado de maricón. Maricón, que es una palabra que se utiliza para llamar a un hombre “mujer”, en este contexto una palabra más cargada de misoginia que de homofobia. Una mujer independiente llega es bollera, marimacha o invisible.
Este papel de chica tonta termina en el ámbito privado, en el que somos nosotras las cuidadoras y las protectoras, las irrompibles, las indesgastables. Y no hay más fuente de información que la de vuestra propia experiencia. Sacar toda la fuerza del mundo para limpiarse un baño de arriba a abajo está muy bien, siempre y cuando no saquemos esa fuerza en el margen de lo público.
Pienso en relaciones pasadas, en las que me comía ese papel con patatas, dentro de amistades desiguales o en relaciones de amor romántico. Llegué a enfermar para mantener mi relación, para justificar ese papel de mujer salvable que necesita hombre salvador, porque en los momentos en los que no me colocaba en esa posición, la relación dejaba de tener sentido y se volvía hostil. Eso sí, de puertas para dentro era yo la roca todas las veces que se desmoronaba. Claro que es una relación de violencia, pero una violencia enmascarada con lo que debo de ser yo y lo que debe de ser el mundo.
Y otra vez, queriendo ser teórica, vuelvo a desnudarme.






