Me preocupa lo poco educadas que estamos, las personas en general, en el placer. Emociones como el dolor o el miedo nos son familiares, nos han enseñado (y sobreenseñado) a sentirlas, pero el placer es nuestra asignatura pendiente. Recuerdo a mi padre lavándome la cabeza de pequeña en la bañera; recuerdo como me enseñaba a cerrar los ojos para que no me entrara champú y me escocieran, pero no tengo ningún recuerdo de que me enseñara a cerrar los ojos para disfrutar del masaje en el cabello.
El placer es tabú, porque el placer es la intimidad de la diversión, y todo lo íntimo es tildado de perverso por no poderse manipular. No estamos educadas en el placer de cuidar nuestro cuerpo, sino en el miedo por no cuidarlo. Que manera de entenderlo todo tan miserable. Por estar pendientes de no caernos de la bici, nos perdemos la maravillosa sensación de sentir la brisa en la cara.
El placer tiene tan poco peso en nuestro imaginario que el patriarcado se permite ningunearlo y utilizarlo como un precio pequeño a pagar.
Con todos los testimonios que hemos compartido y la de cartas que me habéis escrito sobre la repercusión que causan en nuestros cuerpos los anticonceptivos hormonales, me doy cuenta de que es muy general que disminuya o llegue a desaparecer por completo (como ha sido en mi caso) nuestra líbido; lo que más me sorprendió sin duda es que lo entendíamos como un precio a pagar, una pérdida soportable a cambio de tener nuestros dolores menstruales a raya o nuestro no-embarazo asegurado. Pero el deseo no se vende, se defiende.
Los días que pasé sin ningún tipo de deseo sexual a costa de la medicación, sentía una especie de mutilación dulce. Sabía que algo mío ya no estaba, pero no lo eché de menos hasta que el problema se hizo evidente. Porque del placer no se habla tanto como del dolor, pero ¿Para que voy a contar la pérdida pudiendo contar el reencuentro?
Supe que la primavera volvería a mi coño tras quitarme el anillo anticonceptivo, pero lo confirmó el primer orgasmo que tuve a los pocos días. Uno de los de verdad, de los que te hacen sentir las entrañas y los que hacen que te retuerzas en la intimidad sin poder fingir ninguna compostura. Mis sueños se han llenado de todo tipo de fantasías, posturas y compañerxs sexuales. Y mi deseo por hacerle el amor a las personas que amo ha vuelto. Ha vuelto mi muchedad, la parte más animal que conecta mi cerebro con mi útero, y la que me permite desear todo el placer del mundo para mi mente y mi cuerpo.
No cuento esto por excitación propia, que también, sino porque el primer bostezo al despertar que tuvo mi vientre fue cuando escuché como una amiga me contaba el primer orgasmo que había tenido a través de su propia masturbación. Porque compartir nuestro deseo hace que el de las demás se despierte, y tejer una red de excitación nos hace sentir vivas. Porque hay que empezar a sacar cosas de nuestra intimidad, que si a lo tenebroso le da la luz, deja de serlo tanto.






